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“El perro fue creado especialmente para los niños. Él es un dios de la diversión.”

Henry Ward Beecher

 

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Julio Ramón Ribeyro *

Los merengues


Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas -había aprendido a contar jugando a las bolitas- y constató, asombrado, que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle.

En el camino fue pensando si invertiría todo su capital o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues –blancos, puros, vaporosos- lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía que los observaba por la vidriera hasta sentir una salvación amarga en la garganta? Hacía ya varios meses que concurría a la pastelería de la esquina y sólo se contentaba con mirar. El dependiente ya lo conocía y siempre que lo veía entrar, lo consentía un momento para darle luego un coscorrón y decirle:

-¡Quita de acá, muchacho, que molestas a los clientes!

Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, lo aplastaban, lo pisaban y desmantelaban bulliciosamente la tienda.

Él recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la ansiedad de su mirada, le preguntó su nombre, su edad, si estaba en el colegio, si tenía papá y por último le obsequió una rosquita. Él hubiera preferido un merengue pero intuía que en los favores estaba prohibido elegir. También, un día, la hija del pastelero le regaló un pan de yema que estaba un poco duro.

-¡Empara!- dijo, aventándolo por encima del mostrador. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo a pesar de lo cual cayó el pan al suelo y, al recogerlo, se acordó súbitamente de su perrito, a quien él tiraba carnes masticadas divirtiéndose cuando de un salto las emparaba en sus colmillos.

Pero no era el pan de yema ni los alfajores ni los piononos lo que le atraía: él sólo amaba los merengues. A pesar de no haberlos probado nunca, conservaba viva la imagen de varios chicos que se los llevaban a la boca, como si fueran copos de nieve, ensuciándose los corbatines. Desde aquel día, los merengues constituían su obsesión.

Cuando llegó a la pastelería, había muchos clientes ocupando todo el mostrador. Esperó que se despejara un poco el escenario pero no pudiendo resistir más, comenzó a empujar. Ahora no sentía vergüenza alguna y el dinero que empuñaba lo revestía de cierta autoridad y le daba derecho a codearse con los hombres de tirantes. Después de mucho esfuerzo, su cabeza apareció en primer plano, ante el asombro del dependiente.

¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda!

Perico, lejos de obedecer, se irguió y con una expresión de triunfo reclamó: ¡veinte soles de merengues! Su voz estridente dominó en el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos lo miraban, intrigados, pues era hasta cierto punto sorprendente ver a un rapaz de esa cabaña comprar tan empalagosa golosina en tamaña proporción. El dependiente no le hizo caso y pronto el barullo se reinició. Perico quedó algo desconcertado, pero estimulado por un sentimiento de poder repitió, en tono imperativo:

-¡Veinte soles de merengues!

El dependiente lo observó esta vez con cierta perplejidad pero continuó despachando a los otro parroquianos.

-¿No ha oído? – insistió Perico excitándose- ¡Quiero veinte soles de merengues!

El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.

-¿Estás bromeando, palomilla?

Perico se agazapó.

-¡A ver, enséñame la plata!

Sin poder disimular su orgullo, echó sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente contó el dinero.

-¿Y quieres que te dé todo esto en merengues?

-Sí –replicó Perico con una convicción que despertó la risa de algunos circunstantes.

-Buen empacho te vas a dar –comentó alguien.

Perico se volvió. Al notar que era observado con cierta benevolencia un poco lastimosa, se sintió abochornado. Como el pastelero lo olvidaba, repitió:

-Deme los merengues- pero esta vez su voz había perdido vitalidad y Perico comprendió que, por razones que no alcanzaba a explicarse, estaba pidiendo casi un favor.

-¿Va a salir o no? – lo increpó el dependiente

-Despácheme antes.

-¿Quién te ha encargado que compres esto?

-Mi mamá.

-Debes haber oído mal. ¿Veinte soles? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un papelito.

Perico quedó un momento pensativo. Extendió la mano hacia el dinero y lo fue retirando lentamente. Pero al ver los merengues a través de la vidriería, renació su deseo, y ya no exigió sino que rogó con una voz quejumbrosa:

-¡Deme, pues, veinte soles de merengues!

Al ver que el dependiente se acercaba airado, pronto a expulsarlo, repitió conmovedoramente:

-¡Aunque sea diez soles, nada más!

El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y le dio el cocacho acostumbrado pero a Perico le pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva.

-¡Quita de acá! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar!

Perico salió furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos, vagabundeó por los alrededores.

Pronto llegó a los barrancos. Sentándose en lo alto del acantilado, contempló la playa. Le pareció en ese momento difícil restituir el dinero sin ser descubierto y maquinalmente fue arrojando las monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en sus manos, y en ese día cercano en que, grande ya y terrible, cortaría la cabeza de todos esos hombres, de todos los mucamos de las pastelerías y hasta de los pelícanos que graznaban indiferentes a su alrededor.

 

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*Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) periodista y narrador peruano considerado como uno de los mejores escritores del Perú. Se estableció en París en 1960 y allí permaneció hasta 1991. Trabajó en la agencia “France Press”, y luego como consultor cultural y embajador de la UNESCO. La obra narrativa de Ribeyro es la expresión más destacada del realismo urbano que surgió en el Perú durante los años cincuenta, otorgándoles a sus personajes la voz y el rostro de la clase media y popular peruana. En el año de 1994 (antes de su defunción) ganó el reconocido Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.

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*MI PLANTA DE NARANJA LIMA, de José Mauro de Vasconcelos (sólo capítulo 3 íntegro)

3 – LOS FLACOS DEDOS DE LA POBREZA

Cuando le conté mi problema a tío Edmundo, lo encaró con toda seriedad. —Entonces, ¿eso es lo que te preocupa? —Sí, eso. Tengo miedo de que, al mudar de casa, Luciano no venga con nosotros. —Crees que el murciélago te quiere mucho. . . —Sí, me quiere. . . —¿Desde el fondo del corazón? —Sin duda. —Entonces puedes estar seguro de que irá. Puede ser que demore en aparecer por allá, ¡pero un día descubre el lugar y aparece! —Ya le dije la calle y el número de la casa en donde vamos a vivir. —Pues entonces es más fácil. Si no puede ir, por tener otros compromisos, mandará a un hermano, a un primo, a cualquier pariente, y ni siquiera vas a notarlo. Sin embargo, yo todavía estaba indeciso. ¿Qué ganaba con darle el número y la calle a Luciano, si no sabía leer? Podía ser que fuese preguntando a los pajaritos, a los “tata Dios”, a las mariposas. —No te asustes, Zezé, los murciélagos tienen sentido de orientación. —¿Tienen qué, tío? Me explicó lo que era el sentido de orientación, y quedé cada vez más admirado por su sabiduría. Resuelto mi problema, fui a la calle para contar a todo el mundo lo que nos esperaba: la mudanza. La mayoría de las personas grandes me decían con gesto alegre: —¿Así que se van a mudar, Zezé? ¡Qué bueno!… ¡Qué maravilla!… ¡Qué alivio!… El que no se extrañó mucho fue Biriquinho. —Menos mal que es en la otra calle. Queda cerca de aquí. Y aquello de que te hablé. . . —¿Cuándo es? —Mañana a las ocho, en la puerta del Casino Bangú. La gente dice que el dueño de la Fábrica mandó comprar un camión de juguetes. ¿Vas? —Sí que voy. Y llevaré a Luis. ¿Será posible que yo también reciba algo? —Claro que sí. Una porqueriíta de este tamaño. ¡O estás pensando que ya eres un hombre? Se puso cerca de mí y sentí que todavía era muy chico. Menor aún de lo que pensaba. —Bueno, algo voy a ganar. . . Pero ahora tengo que hacer. Mañana nos encontramos ahí. Volví a casa y anduve dando vueltas alrededor de Gloria. —¿Qué pasa, muchacho? —Bien que podías llevarme. Hay un camión que vino de la ciudad llenito de juguetes.  —Escucha, Zezé. Tengo un montón de cosas que hacer. Planchar, ayudar a Jandira a arreglar la mudanza. Vigilar las cacerolas en el fuego… —También vienen un montón de cadetes de Realengo. Además de coleccionar retratos de Rodolfo Valentino, a quien ella llamaba “Rudy”, y que pegaba en un cuaderno, tenía locura por los cadetes. —¿Dónde viste cadetes a las ocho de la mañana? ¿Quieres hacerme pasar por tonta, chiquilín? Ve a jugar, Zezé. Pero no me fui. —¿Sabes una cosa, Godóia? No es por mí, no. Pasa que le prometí a Luis llevarlo allá. Es tan chiquitito. Un chico de esa edad solamente piensa en la Navidad. —Zezé, ya dije que no voy. Y ésas son mentiras; lo que pasa es que tú quieres ir. Tienes mucho tiempo para recibir Navidades en tu vida… —¿Y si me muero? Morir sin haber recibido algo esta Navidad… —No vas a morirte tan pronto, mi amigo. Vas a vivir dos veces más que tío Edmundo o don Benedicto. Y ahora basta. Ve a jugar. Pero no fui. Me di maña para que ella a cada momento tropezara conmigo. Iba a la cómoda a buscar algo, y se encontraba conmigo sentado en la mecedora, pidiendo con la mirada. Porque pedir con la mirada tenía mucho efecto sobre ella. Iba a buscar agua en la pileta, y yo estaba sentado en el umbral de la puerta, mirando. Iba al dormitorio, a buscar piezas de ropa para lavar. Allí estaba, sentado en la cama, con las manos en el mentón, mirando… —Hasta que no aguantó más. —Bueno, basta. Zezé. Ya dije que no y no. Por amor de Dios, no termines con mi paciencia. Ve a jugar. Pero no me fui. Es decir, pensé que no me iba. Porque ella me agarró, me llevó afuera y me depositó en el fondo. Después entró en la casa y cerró la puerta de la cocina y de la sala. No me rendí. Me fui sentando delante de cada ventana por la que ella iba a pasar. Porque ahora comenzaba a limpiar la casa y a arreglar las camas. Se encontraba conmigo, espiándola, y cerraba la ventana. Acabó cerrando toda la casa para no verme. —¡Mujer de los mil diablos! ¡Parda de mal pelo! ¡Ojalá que nunca te cases con un cadete! ¡Ojalá que te cases con un soldado raso, de esos que no tienen ni un centavo para lustrarse las polainas! Cuando vi que realmente estaba perdiendo el tiempo, salí furioso y gané de nuevo el mundo de la calle. En la calle descubrí a Nardinho que jugaba con una cosa. Estaba en cuclillas, totalmente distraído. Me acerqué. Había hecho un carrito con una caja de fósforos y le había atado un abejorro tan grande como nunca lo había visto. —¡Caramba! —Es grande, ¿no? —¡Te lo cambio! —¿Por qué? —Si quieres fotos… —¿Cuántas? —Dos. —¡Qué gracia! Un bicho de éstos y me das solamente dos fotos… — Como ésos hay montones en la casa de tío Edmundo. —Por tres todavía te lo cambio. —Te doy tres, pero no puedes elegir… — Así no. Por lo menos quiero elegir dos. — Bueno. Le di una de Laura La Plante, que tenía repetida muchas veces. Y él eligió una de Hoot Gibson y otra de Patsy Ruth Miller. Guardé en mi bolsillo el abejorro y me fui.

***

— Rápido, Luis. Gloria fue a comprar pan y Jandira está leyendo en la mecedora. Salimos escurriéndonos por el corredor. Y lo ayudé a “desaguar”. —Haz bastante, que en la calle no se puede de día. Luego, en la pileta, le lavé la cara. Y después de lavar también la mía volvimos al dormitorio. Lo vestí sin hacer ruido. Le calcé los zapatitos. ¡Porquería de calcetines, no servían más que para complicarlo todo! Abotoné su saquito azul y busqué el peine. Pero su pelo no se asentaba; había que hacer algo. No contaba con nada en ningún rincón. Ni brillantina, ni aceite. Fui a la cocina y volví con un poco de grasa en la punta de los dedos. Restregué la grasa en la palma de la mano y la olí, primero. — No tiene olor. Acomodé los cabellos de Luis y comencé a peinarlos. Entonces su cabeza quedó linda; llena de rulos, parecía un San Juan con un carnerito sobre las espaldas. —Ahora te quedas ahí, parado, para no arrugarte. Me voy a vestir. Mientras me ponía los pantalones y la camisa blanca, miraba a mi hermano. ¡Qué lindo era! No había otro más lindo en Bangú. Me calcé las zapatillas de tenis, que tenían que durar hasta que fuese al colegio, el año siguiente. Continué mirando a Luis. Lindo y arregladito como estaba hasta podría ser confundido con el Niño Jesús, más crecidito. Apuesto a que va a ganar montones de regalos. Cuando lo miraran… Me estremecí. Gloria acababa de volver y colocaba el pan sobre la mesa. Los días que había pan, el papel hacía ese ruido. Salimos tomados de las manos y nos pusimos delante de ella. —¿No está lindo, Godóia? Yo lo arreglé. En vez de enojarse, se recostó en la puerta y miró hacia arriba. Cuando bajó la cabeza tenía los ojos llenos de lágrimas. —También tú estás lindo. ¡Oh! ¡Zezé!… Se arrodilló y apoyó mi cabeza sobre su pecho. —¡Dios mío! ¿Por qué la vida tendrá que ser tan dura para algunos?… Se contuvo y comenzó a arreglarnos prolijamente. —Te dije que no podría llevarlos, Zezé. Realmente, no puedo. Tengo tanto que hacer. Primero vamos a tomar café, mientras pienso alguna cosa. Aunque quisiese, ya no habría tiempo para que me vistiera. . . Puso nuestro tazón de café y cortó el pan. Continuaba mirándonos afligida. —Tanto trabajo para ganarse unas porquerías de juguetes ordinarios. Claro que tampoco pueden dar cosas muy buenas para tantos pobres como hay. Hizo una pausa y continuó: —Tal vez sea la única oportunidad. No puedo impedir que ustedes vayan. .. Pero, Dios mío, son muy chiquitos… —Yo lo llevo a él con cuidado. Lo llevaré de la mano todo el tiempo, Godóia. Ni siquiera es necesario cruzar la carretera Río-San Pablo. —Aun así es peligroso. —No lo es, y yo tengo sentido de orientación. Se rió, dentro de su tristeza. —¿Quién te enseñó eso, ahora?  —Tío Edmundo. Dijo que Luciano lo tenía, y si Luciano, que es menor que yo lo tiene, yo lo tengo más… —Voy a hablar con Jandira. —Es perder el tiempo. Ella nos deja. Jandira solamente vive leyendo novelas y pensando en sus admiradores. No le importa. —Vamos a hacer lo siguiente: terminen con el café y nos vamos luego al portón. Si pasa gente conocida que va para ese lado le pido que los acompañe. No quise comer el pan para no demorar. Fuimos hacia el portón. No pasaba nadie, solamente el tiempo. Pero acabó pasando. Por allá venía don Pasión, el cartero. Saludó a Gloria, se quitó la gorra y se ofreció a acompañarnos. Gloria besó a Luis y después a mí. Conmovida preguntó sonriendo: —¿Y aquel asunto del soldado raso y las polainas. . .? —Son mentiras. No fue de corazón. Te vas a casar con un mayor de aviación lleno de estrellitas en el hombro. —¿Por qué no fueron con Totoca? —Totoca dijo que no iba para allá. Y que no estaba dispuesto a llevar “equipaje”. Salimos. Don Pasión nos mandaba ir adelante e iba a entregar las cartas en las casas. Después apuraba el paso y nos alcanzaba. Volvía a repetir la acción, en seguida. Cuando llegamos a la carretera Río-San Pablo, nos dijo sonriente: —Hijos míos, estoy muy apurado. Ustedes están retrasando mi trabajo. Ahora vayan por ahí, que no hay ningún peligro. Salió, de prisa, con el paquete de cartas y papeles debajo del brazo. Pensé, rabioso: —¡Cobarde! Abandonar a dos criaturas en la carretera, después de haberle prometido a Gloria que nos llevaba. Tomé con más fuerza la mano de Luis y continuamos la marcha. El cansancio ya comenzaba a manifestarse en él. Cada vez disminuía más sus pasos. —Vamos, Luis. Ya estamos cerquita y hay muchos juguetes. Caminaba un poco más rápidamente y volvía a retrasarse. —Zezé, estoy cansado. —Te voy a alzar un poco, ¿quieres? Abrió los brazos y lo cargué un tiempo. ¡Pero vaya! ¡Pesaba como si fuese plomo! Cuando llegamos a la Calle del Progreso quien estaba bufando era yo. —Ahora caminas otro poquito. El reloj de la iglesia dio las ocho. —¿Y ahora? Había que estar allí a las siete y media. Pero no importa, hay mucha gente y van a sobrar juguetes. Traen un camión lleno. —¡Zezé, me está doliendo un pie. ! Me incliné: —Voy a aflojarte un poco el cordón y mejorará. Ibamos cada vez más despacio. Parecía que el Mercado no llegaba nunca. Y después todavía teníamos que pasar la Escuela Pública y doblar a la derecha en la calle del Casino Bangú. Lo peor de todo era el tiempo, que parecía volar a propósito. Llegamos allá muertos de cansancio. No había nadie. Ni parecía que hubiera habido distribución de juguetes. Pero la hubo, sí, porque la calle estaba llena de papel de seda arrugado. Los trocitos de papel coloreaban la arena. Mi corazón comenzó a inquietarse. Cuando llegamos, don Coquito estaba ya cerrando las puertas del Casino. Extenuado, le dije al portero: —Don Coquito, ¿ya se acabó todo? —Todo, Zezé. Ustedes llegaron muy tarde. Esto fue como un alud. Cerró media puerta y sonrió bondadosamente. —¡El año que viene tienen que venir más temprano, dormilones!. . . —No importa. Pero sí que importaba. Estaba tan triste y desilusionado que hubiese preferido morir antes de que sucediese aquello. —Vamos a sentarnos allí. Necesitamos descansar un poco. —Tengo sed, Zezé. —Cuando pasemos por lo de don Rosemberg pedimos un vaso de agua. Alcanza para los dos. Solamente en ese momento descubrió toda la tragedia. Ni habló. Me miró haciendo pucheros y con los ojos perdidos. —No importa, Luis. ¿Sabes? Voy a pedirle a Totoca que le cambie la cola a mi caballito “Rayo de Luna” para dártelo como regalo de Papá Noel. Pero continuó lloriqueando. —No, no hagas eso. Tú eres un rey. Papá dijo que te bautizó Luis porque era nombre de rey. Y un rey no puede llorar en la calle, frente a los demás, ¿sabes? Apoyé su cabeza en mi pecho y me quedé alisándole el cabello enrulado. —Cuando sea grande, voy a comprar un coche bonito como el de don Manuel Valadares. Ese del Portugués, ¿te acuerdas? Ese que pasó una vez delante de nosotros en la Estación, cuando estábamos saludando al Mangaratiba… Bueno, voy a comprar un cochazo lindo, lleno de regalos, y solo para ti… Pero no llores, que un rey no llora. Mi pecho explotó con enorme amargura. —Juro que lo voy a comprar. Aunque tenga que matar y robar… No era mi pajarito el que me comentaba eso, allá adentro. Debía ser el corazón. Solamente eso podía ser. ¿Por qué el Niño Jesús no me quería? El amaba hasta al buey y al burrito del pesebre. Pero a mí, no. Y él se vengaba porque yo era ahijado del diablo. Se vengaba de mí dejando a mi hermano sin su regalo. Pero Luis no merecía eso, porque era un ángel. Ningún angelito del cielo podía ser mejor que él. Y las lágrimas brotaron cobardemente de mis ojos. —Zezé, estás llorando… —En seguida pasa. Además, no soy un rey, como tú. Solamente soy una cosa que no sirve para nada. Un chico malo, bien malo… Apenas eso.

***

—Totoca, ¿fuiste a la casa nueva? —No. ¿Y tú? —Siempre que puedo hago una corridita hasta allá. —Y eso, ¿para qué? —Quiero saber si Minguito está bien. —¿Y quién diablos es Minguito? —Mi planta de naranja-lima. —Le encontraste un nombre bastante parecido a ella. Eres único para encontrarles nombres a las cosas. Se rió y continuó afinando lo que sería el nuevo cuerpo de “Rayo de Luna”. —¿Y estaba allá? —No creció nada. —Ni crecerá si andas espiándola todo el tiempo. ¿Se está poniendo linda? ¿Es así como querías el cabo? —Sí. Totoca, ¿por qué sabes hacer de todo, eh? Haces jaula, gallinero, vivero, cerca, cancela… —Eso es porque no todo el mundo nació para ser poeta de corbata de moño. Pero si realmente quisieras, aprenderías. —Me parece que no. Para eso es necesario tener “inclinación”. Se detuvo un instante y me miró, entre riendo y reprobando aquella posible novedad de tío Edmundo. En la cocina estaba Dindinha, que había venido para hacer “rabanada” mojada en vino. Era la cena de Nochebuena. Le comenté a Totoca: —Y mira, hay gente que ni siquiera tiene eso. El tío Edmundo dio el dinero para el vino y para comprar las frutas para la ensalada del almuerzo de mañana. Totoca estaba haciendo el trabajo gratis, porque se había enterado de la historia del Casino Bangú. Por lo menos, Luis tendría un regalo. Una cosa vieja, usada, pero muy linda y que yo quería mucho. —Totoca. —Habla. —¿Y no voy a recibir nada, nada, de Papá Noel? —Pienso que no. —Hablando seriamente, ¿crees que soy tan malo como dice todo el mundo? —Malo, malo, no. Lo que pasa es que tienes el diablo en la sangre. —¡Cuando llega la Nochebuena, querría tanto no tenerlo! Me gustaría tanto que antes de morir, por lo menos una vez, naciese para mí el Niño Jesús en vez del Niño Diablo. —Quién sabe si a lo mejor el año que viene… ¿Por qué no aprendes y haces como yo? —¿Y qué haces? —No espero nada. Así no me decepciono. Ni siquiera el Niño Jesús es eso tan bueno que todo el mundo dice. Eso que el Padre cuenta y que el Catecismo dice… Hizo una pausa y quedó indeciso entre contar el resto de lo que pensaba o no. —¿Cómo es, entonces? —Bueno, vamos a decir que fuiste muy travieso, que no merecías un regalo. —Pero ¿Luis? —Es un ángel. —¿Y Gloria? —También. —¿Y yo? —Bueno, a veces…, tomas mis cosas, pero eres muy bueno. —¿Y Lalá? —Pega muy fuerte, pero es buena. Un día me va a coser mi corbata de moño. —¿Y Jandira? —Jandira tiene ese modo… pero no es mala. —¿Y mamá? —Mamá es muy buena; cuando me pega lo hace con pena y despacito. —¿Y papá? —¡Ah, él no sé! Nunca tiene suerte. Creo que debe haber sido como yo, el malo de la familia.  —¡Entonces! Todos son buenos en la familia. ¿Y por qué el Niño Jesús no es bueno con nosotros? Vete a la casa del doctor Faulhaber y mira el tamaño de la mesa llena de cosas. Lo mismo en la casa de los Villas-Boas. Y en la del doctor Adaucto Luz, ni hablar… Por primera vez vi que Totoca estaba casi llorando. —Por eso creo que el Niño Jesús quiso nacer pobre sólo para exhibirse. Después El vio que solamente los ricos servían. . . Pero no hablemos más de eso. Hasta puede ser que lo que diga sea un pecado muy grande. Se quedó tan abatido que no quiso conversar más. Ni siquiera quería levantar los ojos del cuerpo del caballo que pulía.

* * *

Fue una comida tan triste que ni daba ganas de pensar. Todo el mundo comió en silencio, y papá apenas probó un poco de “rabanada”. Ni siquiera había querido afeitarse. Tampoco habían ido a la Misa del Gallo. Lo peor era que nadie hablaba nada con nadie. Más parecía el velorio del Niño Jesús que su nacimiento. Papá agarró el sombrero y se fue. Salió, incluso en zapatillas, sin decir hasta luego ni desear felicidades. Dindinha sacó su pañuelo y se limpió los ojos, pidiendo permiso para irse en seguida con tío Edmundo. Y éste puso algún dinero en mi mano y en la de Totoca. A lo mejor hubiese querido dar más y no tenía. A lo mejor, en vez de darnos dinero a nosotros, desearía estar dándoselo a sus hijos, allá en la ciudad. Por eso lo abracé. Tal vez el único abrazo de la noche de fiesta. Nadie se abrazó ni quiso decir algo bueno. Mamá fue al dormitorio. Estoy seguro de que ella estaba llorando, escondida. Y todos tenían ganas de hacer lo mismo. Lalá fue a dejar a tío Edmundo y a Dindinha en el portón, y cuando ellos se alejaron caminando despacito, despacito, comentó: —Parece que están demasiado viejitos para la vida y cansados de todo… Lo más triste fue cuando la campana de la iglesia llenó la noche de voces felices. Y algunos fuegos artificiales se elevaron a los cielos para que Dios pudiera ver la alegría de los otros. Cuando entramos nuevamente, Gloria y Jandira estaban lavando la vajilla usada y Gloria tenía los ojos rojos como si hubiese llorado mucho. Disimuló, diciéndonos a Totoca y a mí: —Ya es la hora de que los chicos vayan a la cama. Decía eso y nos miraba. Sabía que en ese momento allí no había ya ningún niño. Todos eran grandes, grandes y tristes, cenando a pedazos la misma tristeza. Quizá la culpa de todo la hubiera tenido la luz del farol medio mortecina, que había sustituido a la luz que la “Light” mandara cortar. Tal vez. El reyecito, que dormía con el dedo en la boca sí era feliz. Puse el caballito parado, bien cerca de él. No pude evitar pasarle suavemente las manos por su pelo. Mi voz era un inmenso río de ternura. —Mi chiquitito. Cuando toda la casa estuvo a oscuras pregunté bien bajito: —Estaba buena la “rabanada”, ¿no es cierto, Totoca? —No sé. Ni la probé. —¿Por qué? —Se me puso una cosa rara en la garganta que no me dejaba pasar nada… Vamos a dormir. El sueño hace que uno se olvide de todo. Yo me había levantado y hacía barullo en la cama. —¿Adonde vas, Zezé? —Voy a poner mis zapatillas del otro lado de la puerta. —No las pongas. Es mejor.  —Las voy a poner, sí. A lo mejor sucede un milagro. ¿Sabes una cosa, Totoca? Quisiera un regalo. Uno solo. Pero que fuese algo nuevo. Solo para mí… Miró para el otro lado y enterró la cabeza debajo de la almohada.

***

En cuanto me desperté llamé a Totoca. —¿Vamos a ver? Yo digo que hay algo. —Yo no iría a ver. —¡Pues sí voy! Abrí la puerta del dormitorio y, para decepción mía, las zapatillas estaban vacías. Totoca se acercó, limpiándose los ojos. —¿No te lo había dicho? Diversas sensaciones, entremezcladas, se acumularon en mi alma. Era odio, rebelión y tristeza. Sin poder contenerme exclamé: —¡Qué desgracia es tener un padre pobre!… Desvié mis ojos de las zapatillas hacia otras que estaban detenidas frente a mí. Papá se hallaba de pie, mirándonos. La tristeza había hecho enormes sus ojos. Parecía que habían crecido tanto, pero tanto, que cubrirían toda la pantalla del cine Bangú. Había en sus ojos una tristeza dolorida, tan fuerte, que aun queriendo llorar no lo hubiera logrado. Se quedó un minuto, que no acababa nunca, mirándonos; después pasó a nuestro lado, en silencio. Estábamos paralizados, sin poder decir nada. Tomó el sombrero que estaba sobre la cómoda y se fue de nuevo para la calle. Sólo entonces Totoca me tocó el brazo. —Eres malvado, Zezé. Malvado como una serpiente. Por eso es que… Calló emocionado. —No vi que estaba allí. —Malvado. Sin corazón. Sabes que papá desde hace mucho tiempo está sin empleo. Por eso ayer yo no podía tragar, mirando su rostro. Algún día vas a ser padre y entonces vas a saber lo que duele una hora de esas. Para colmo, yo lloraba. —Pero si no lo vi, Totoca, No lo vi. —Sal de mi lado. No sirves para nada. ¡Vete! Tuve ganas de salir corriendo por la calle y agarrarme llorando a las piernas de papá. Decirle que había sido muy malo, realmente malo. Pero continuaba quieto, sin saber qué hacer. Necesité sentarme en la cama desde allí miraba mis zapatillas, siempre en el mismo rincón, vacías. Vacías como mi corazón, que fluctuaba sin gobierno. —¿Por qué hice eso, Dios mío? Y precisamente hoy. ¿Por qué tenía que ser aun mas malo cuando ya todo estaba demasiado triste? ¿Con qué cara lo miraré a la hora del almuerzo? Ni la ensalada de frutas voy a conseguir que pase. Y sus grandes ojos, como pantalla de cine, estaban pegados a mí, mirándome. Cerraba los ojos y veía esos ojos grandes, grandes… Mi talón dio en mi caja de lustrar zapatos y tuve una idea. Tal vez así papá me perdonase tanta maldad. Abrí el cajón de Totoca y tomé en préstamo una lata más de pomada negra, porque la mía se estaba acabando. No hablé con nadie. Salí caminando, triste, por la calle, sin sentir el peso del cajoncito. Me parecía estar caminando sobre los ojos de él. Doliéndome dentro sus ojos. Era muy temprano y la gente debía estar durmiendo a causa de la Misa y de la cena. La calle estaba llena de chicos que exhibían y comparaban sus juguetes. Eso me abatió más todavía. Todos eran niños buenos. Ninguno de ellos haría nunca lo que yo había hecho. Paré cerca del “Miseria y Hambre”, esperando encontrar algún cliente. El cafetín estaba abierto hasta ese día. No por nada le habían puesto aquel sobrenombre. A él llegaba gente en pijama, de chinelas, de zuecos, pero nunca con zapatos. No había tomado ni café y sin embargo no sentía hambre. Mi dolor era mucho mayor que cualquier apetito. Caminé hasta la Calle del Progreso. Di vuelta al Mercado. Me senté en la calzada de la panadería de don Rosemberg, y nada. El calor aumentó y la correa del cajoncito me hacía doler el hombro; fue necesario cambiarlo de posición. Sentí sed y fui a beber en el grifo del Mercado. Me senté en el umbral de la Escuela Pública, que en breve habría de recibirme. Dejé el cajoncito en el suelo y me desanimé. Recosté la cabeza en las rodillas, como un muñeco, y así me quedé, sin ganas de nada. Después escondí la cara entre las rodillas, cubriéndolas con mis brazos. Era mejor morir antes que volver a casa sin lo que pretendía. Un pie golpeó mi cajón y una voz conocida y amiga me llamó: —¡Eh!, lustrador, el que duerme no gana dinero. Levanté la cara sin creerlo. Era don Coquito, el portero del Casino. Puso un pie y primero le pasé la franela. Después mojé el zapato y lo sequé. Y luego comencé a pasar la pomada con todo cuidado. —Por favor, ¿puede levantar un poco el pantalón? Obedeció mi pedido. —¿Lustrando hoy, Zezé? —Nunca necesité tanto como hoy. —¿Y qué tal fue la Nochebuena? —Regular. Golpeé con el cepillo en el cajón y cambió de pie. Repetí la maniobra y entonces comencé a lustrar. Cuando terminé, golpeé en el cajón y retiró el pie. —¿Cuánto es, Zezé? —Dos cruzeiros. —¿Por qué solamente dos? Todos cobran cuatro. —Solamente cuando sea un buen lustrador podré cobrar tanto. Por ahora, no. Sacó cinco cruzeiros y me los dio. —¿No quiere pagarme después? No trabajé nada hasta ahora. —Quédate con el vuelto por ser Navidad. Hasta luego. —Felices fiestas, don Coquito. Quizá había venido a hacerse lustrar los zapatos por lo que sucediera tres días antes… Sentir el dinero en el bolsillo me dio cierto ánimo que no duró mucho; ya eran más de las dos de la tarde, la gente charlaba por las calles, ¡y nada! Nadie, ni para sacarles el polvo y soltar unas monedas. Me puse cerca de un poste de la Río-San Pablo, y de vez en cuando soltaba mi voz finita: —¡Se lustra, patrón! ¡Lústrese para ayudar a la Navidad de los pobres! Un coche de rico se detuvo cerca. Aproveché para gritar, sin ninguna esperanza. —Deme una manita, doctor. Aunque solo sea para ayudar a la Navidad de los pobres. La señora, bien vestida, y los niños sentados atrás, se quedaron mirándome, mirando. La señora se conmovió. —Pobrecito, tan chico y tan pobrecito. Dale algo, Arturo. El hombre me examinó con desconfianza. —Ese es un pícaro, y de los bien vivos. Está aprovechándose de su edad y del día. —Aunque así sea, yo le voy a dar. Ven acá, chiquito.  Abrió la cartera y estiró la mano por la ventanilla. —No, señora, gracias. No estoy mintiendo. Solamente quien lo necesita mucho trabaja en Navidad. Tomé mi cajoncito, lo colgué en mi hombro y me fui caminando despacito. Ese día no sentía fuerzas ni Para tener rabia. Pero la puerta del coche se abrió y un niño echó a correr detrás de mí. —Toma. Te manda decir mi mamá que no cree que seas un mentiroso. Me puso otros cinco cruzeiros en el bolsillo y ni esperó que le agradeciera… Solamente escuché el rugido del motor que se alejaba. Ya habían pasado cuatro horas y yo continuaba con los ojos de papá martirizándome. Busqué el camino de vuelta. Diez cruzeiros no alcanzaban, pero en todo caso podría ser que el “Miseria y Hambre” me hiciese un precio más barato, o me permitiera pagar el resto otro día. En el rincón de una cerca me llamó la atención una cosa. Era una media negra y roja, de mujer. Me incliné y la recogí. Arrollé mi mano en ella y quedó finita. Guardé la media en el cajón, pensando: “Hará una linda cobra”. Pero me enojé conmigo mismo. “Otro día. Hoy, de ninguna manera…” Llegué cerca de la casa de los Villas-Boas. La casa tenía un gran jardín y el piso todo de cemento. Sergito andaba por entre las plantas en una hermosa bicicleta. Apoyé la cara en la reja para espiar: Era toda roja y con rayas amarillas y azules. El metal deslumbraba, de tan brillante. Sergito me vio y se puso a hacer demostraciones. Corría, hacía curvas, daba frenadas que llegaban a chirriar. Entonces se me acercó. —¿Te gusta? —Es la bicicleta más linda del mundo. —Acércate más al portón, que la vas a ver mejor. Sergito era de la misma edad y grado que Totoca. Sentí vergüenza de mis pies descalzos, porque él usaba zapatos de charol, medias blancas y ligas de elástico rojo. En el brillo de los zapatos se reflejaba todo. Hasta los ojos de papá comenzaron a mirarme desde ese brillo. Tragué en seco. —¿Qué te pasa, Zezé? Estás raro. —Nada. De cerca todavía es más bonita. ¿Te la regalaron por la Navidad? —Sí. Bajó de la bicicleta para conversar mejor y abrió el portón. —Tuve muchísimos regalos. Una victrola, tres trajes, un montón de libros de cuentos, una caja de lápices de colores de las grandes. Una caja con juegos, un avión que mueve la hélice. Dos barcos con vela blanca. . . Bajé la cabeza y me acordé del Niño Jesús, al que solamente le gustaba la gente rica, como decía Totoca. —¿Qué pasa, Zezé? —Nada. —Y a ti, . . ¿te regalaron muchas cosas? Negué con la cabeza, sin poder responder. —Pero, ¿nada? ¿De verdad, nada? —Este año no tuvimos Navidad en casa. Papá todavía está sin empleo. —¡No es posible! ¿Así que ustedes no tuvieron castañas, ni avellanas, ni vino?. . . —Apenas “rabanada”, que hizo Dindinha, y café. Sergito se quedó pensativo. —Zezé, si yo te convido, ¿aceptas? Estaba adivinando de qué se trataba. Pero, aun sin haber comido, no tenía deseos. —Vamos adentro. Mamá te hace un plato. Hay tantas cosas, tantos dulces…  No me arriesgaba. Había sido muy maltratado en esos días. Más de una vez había escuchado: “¿No te dije Que no me traigas mocosos de la calle a casa?”. —No, muchas gracias. —Está bien. Y si le pido a mamá que haga un paquete de castañas y otras cosas para que se lo lleves a tu hermanito, ¿lo llevas? —No puedo. Tengo que terminar de trabajar. Recién en ese momento Sergito descubrió mi cajoncito de lustrar, sobre el que me había sentado. —Pero nadie se lustra en Navidad… —Me pasé todo el día y solo conseguí ganar diez cruzeiros, y eso que cinco me los dieron de limosna. Todavía tengo que ganar dos más. —¿Para qué, Zezé? —No te lo puedo contar. Pero los necesito mucho. Se sonrió y tuvo una idea generosa. —¿Quieres lustrar mis zapatos? Te doy diez cruzeiros. —Tampoco puedo. No les cobro a los amigos. —¿Y si te los doy, es decir, si te presto los diez cruzeiros? —¿Y puedo demorar en pagarte? —Como quieras. Hasta puedes pagarme después en bolitas. —Así, sí. Metió la mano en el bolsillo y me dio una moneda. —No te aflijas, que recibí mucho dinero. Tengo la alcancía llena. Pasé la mano por la rueda de la bicicleta. —Es realmente linda. —Cuando crezcas y sepas andar te dejaré dar una vuelta, ¿está bien? —Bueno.

* * *

Me lancé en una carrera enloquecida hasta el cafetín de “Miseria y Hambre”, zangoloteando el cajón de lustrar. Entré como un huracán, con miedo de que fuesen a cerrar ya. —Señor, ¿tiene todavía de aquellos cigarrillos caros? Tomó dos paquetes cuando vio el dinero en la palma de mi mano. —¿Esto no es para ti, verdad, Zezé? Una voz dijo, atrás: —¡Qué idea! ¡Un chico de esa edad! Sin darse vuelta, le contestó: —Porque usted no conoce a este cliente de cualquier cosa. —Es para papá. Sentía una enorme felicidad haciendo rodar las monedas en la palma de la mano. —¿Ese o éste? —Tú sabrás. —Pasé todo el día trabajando para comprarle a papá este regalo de Navidad. —¿De verás, Zezé? ¿Y él que te regaló? —Nada, pobre. Todavía está sin empleo, usted ya sabe. Se emocionó y nadie habló en el bar. —¿Cuál le gustaría más, si fuese para usted? —Los dos son lindos. Y a cualquier padre le gustaría recibir un regalo así.  —Envuélvame éste, por favor. Hizo el paquete, pero estaba medio raro cuando me lo entregó. Como si quisiera decirme algo y no pudiera. Le entregué el dinero y sonreí. —Gracias, Zezé. —¡Que tenga felices fiestas!… Corrí de nuevo hasta llegar a casa. También había llegado la noche. Solamente en la cocina estaba encendida la luz del farol. Habían salido todos, pero papá estaba sentado a la mesa, mirando la pared vacía. Tenía el rostro apoyado en la palma de la mano, y el codo en la mesa. —Papá. —¿Qué, hijo? No había rencor alguno en su voz. —¿Dónde estuviste todo el día? Le mostré mi cajoncito de lustrar zapatos. Lo dejé en el suelo y metí la mano en el bolsillo para sacar mi paquetito. —Mira, papá, compré una cosa linda para ti. Sonrió comprendiendo todo lo que eso había costado. —¿Te gusta? Era el mejor. Abrió el paquete y aspiró el tabaco, sonriendo, pero sin conseguir decir nada. —Fuma uno, papá. Fui hasta el fogón para buscar un fósforo. Lo encendí, aproximándolo al cigarrillo que tenía en la boca. Me alejé para ver la primera bocanada. Y algo me pasó. Arrojé al suelo el fósforo apagado. Y sentí que estaba explotando. Destrozándome todo por dentro. Reventando ese dolor tan grande que me había amenazado todo el día. Miré a papá, su rostro barbudo, sus ojos. Solo pude decirle: —Papá… Papá… Y la voz fue consumiéndose entre lágrimas y sollozos. El abrió los brazos y me estrechó tiernamente: —No llores, hijito. Vas a tener que llorar mucho en la vida si continúas siendo un chico tan emotivo… —Yo no quería, papá… Yo no quería decir… eso. —Ya lo sé. Ya lo sé. Además, no me enojé porque en el fondo tenías razón. Me acunó un poco más. Después levantó mi rostro y lo secó con la servilleta que estaba allí cerca. —Así está mejor. Levanté mis manos y acaricié su cara. Pasé suavemente los dedos sobre sus ojos, intentando colocarlos en su lugar, sin aquella pantalla grande. Tenía miedo de que si no lo hacía esos ojos fueran a seguirme durante toda la vida. —Vamos a acabar mi cigarrillo. Todavía con la voz temblorosa de emoción, pude tartamudear: —Sabes, papá, cuando me quieras pegar nunca más voy a protestar… Puedes pegarme, no más… —Está bien. Está bien, Zezé. Me depositó en el suelo, junto con el resto de mis sollozos. Tomó un plato del armario. —Gloria te guardó un poco de ensalada de frutas. Yo no conseguía tragar. Se sentó y fue llevando hasta mi boca pequeñas cucharadas. —Ahora pasó, ¿no es cierto que sí, hijo?  Hice que sí con la cabeza, pero las primeras cucharadas entraban en mi boca con gusto salado. El resto de mi llanto demoraba en pasar.

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M. John Harrison *

(…)
“Cuando era chico, a veces, mi abuela me llevaba con ella a hacer sus cosas. Yo era un niño tranquilo y ya con mala salud, y a ella le resultaba fácil de manejar, al menos como un perro pequeño. Tenía costumbres fijas: todos los miércoles iba a la peluquería y después tomaba el tren a Manchester para pasar un día de compras. Para eso usaba un sombrero hecho enteramente de plumas rosa claro, casi color crema, entre las cuales aparecían ojos de pavo real de un marrón-rojo deslumbrante. Las plumas era muchas y estaban apretadas entre sí, como si siguieran en el pecho del ave.
“Ella adoraba los cafés, tal vez porque la vida que allí se desarrolla, aunque doméstica y cómoda, no te demanda nada: no hay nada de lo que tengas que participar. ‘Me gusta tomar mi té en paz’, me decía todas las semanas. ‘De vez en cuando me gusta tomar mi té en paz.’
“Con cualquier cosa que comiera tosía y se atragantaba, y le duraba un rato; y siempre se dejaba puesto el impermeable verde con sus botones de nácar, de borde dorado.
“Cuando recuerdo Picadilly no es tanto por las bandadas de estorninos que invadían los jardines al final de cada breve tarde de invierno, llenando los senderos con su olor sofocante y mohoso y emitiendo un fuerte chillido mecánico que ahogaba el ruido del tránsito, sino por el estrépito de las ollas, el olor del mazapán o de un fósforo recién prendido, abrigos de lana húmedos colgados unos sobre otros en un rincón, voces en el aire húmedo y cálido reducidas a un zumbido íntimo del cual sólo se llegaba a oír a una mujer de otra mesa que decía ‘De todas formas, mientras te puedas desplazar’, a lo cual su amiga respondía de inmediato: ‘Oh, eso es increíble, ¿no? Sí’.
“Una tarde lluviosa de noviembre todo eso te hacía sentir semidormido. Una camarera nos trajo el cenicero. Lo apoyó frente a mí. ‘El que fuma siempre es el caballero’, dijo. Miré malhumorado a mi abuela, preguntándome dónde tendríamos que ir después. En Boots habían vuelto a modificar el piso de arriba, de pronto lleno de manoplas para horno, relojes, parrillas infrarrojas; y le había molestado un fuerte olor a plástico quemado en el centro comercial entre Deansgate y Market Street.
“A lo largo de todo el salón donde estábamos corría una ventana de vidrio tonalizado, desde la que se veían los jardines mientras caía el sol, los senderos barnizados de llovizna que reflejaban las últimas luces del cielo, los bancos y los canteros vacíos, de aspecto gris y ambiguo, las lámparas de sodio encendiéndose junto a la reja. Superpuesto, del lado de adentro del vidrio, estaba el lejano reflejo del café: era como si alguien hubiera arrastrado todas las sillas y las mesas hasta los jardines, donde las mujeres que servían esperaban detrás de un mostrador de acero inoxidable, secándose la cara con un gesto típico en el vapor del baño María, sin notar el pasto húmedo, los charcos, las oscurecidas pero enérgicas palomas balanceándose entre sus piernas.
“En cuanto hice este descubrimiento sentí una especie de tranquilidad. Mi abuela pareció retroceder, emitiendo cargados murmullos hipnóticos. El tintineo de los cubiertos y las bandejas de metal me llegaban desde muy lejos mientras miraba a la gente entrar riendo a los jardines. Atravesaban sin dificultad el enrejado de hierro; el viento y la lluvia no tenían efecto sobre ellos. Se frotaban las manos y se sentaban a comer cuadrados secos de Battenberg Cake y a exclamar ‘¡Mmm!’,qué buena estaba. Allí afuera, sentados en el frío, sonriéndose unos a otros, eran sin duda un grupo mucho más alegre. Un hombre que estaba solo tenía una carta que abrió y leyó:
‘Querido Arthur’, comenzaba.
“Se reía y asentía, apoyando el dedo en una que otra línea como si le mostrara la carta a alguien, mientras las camareras iban de un lado a otro a su alrededor, casi todas las chicas con sus piernas blancas y zapatos chatos, algunas de las cuales se abrían un poco más el escote del delantal. Llevaban las bandejas con una confianza irreflexiva, y hablaban entre ellas en un idioma que yo anhelaba entender, lleno de elipsis, indirectas y abruptos cambios de tema, en el que las cosas concretas eran comidas y precios. Yo quería unirme a ellas. Sus vidas, imaginaba, como las de todos los del jardín, eran idénticas a su forma de caminar entre las mesas: un movimiento prolijo, seguro y confiado sin rastros de incertidumbre, en un medio menos restrictivo que el que yo estaba forzado a habitar.
“¿Sí, cariño?’, diría como saludo. ‘Gracias, cariño ¿Algo más, cariño? Veinte centavos, cariño, ochenta de vuelto, el siguiente, por favor. ¿Al final Pam se compró esos aritos colgantes? No, cariño, sólo fritas.’
“‘Creo que también puede ser que no’, podrían responderme. O con un guiño y una carcajada:’¡Margaret estuvo mucho tiempo ya sabes dónde! ¡Tendría suerte!'”.
“En el centro o foco de atención de los jardines, desde donde los macizos de flores se retiraban modestamente formando arcos, se erguía una estatua. A lo largo de sus brazos levantados se juntaban gotas de agua, temblaban en el viento, caían. Una de las chicas fue hasta allí y puso una bandeja en un banco cercano. Metió los brazos bruscamente en el pedestal de la estatua y extrajo un trapo para secarse las manos. Cuando terminó se quedó mirando hacia delante, absorta, como si hubiera empezado a sospechar que estaba inmersa en dos mundos. Si bien no pertenecía a ninguno, su imagen prevalecía en ambos, una chica sencilla y corpulenta de diecisiete o dieciocho con el esmalte de las uñas saltado y la espalda cansada de acomodar cubiertos toda la mañana. De pronto soltó una risa complacida.
“Miró directo hacia donde yo estaba y saludó. Me llamó con un gesto. Vi que su boca se abría y se cerraba formando las palabras ‘¡Aquí! ¡Estoy aquí!’.
“Está viva, pensé. Fue un shock. Sentí que yo también estaba vivo. Me levanté, corrí en línea recta hacia el vidrio y me di un golpe. Alguien dejó caer una bandeja con cuchillos. Escuché una voz extraña, alejándose muy rápido de mí, que decía: ‘Qué hizo? Ay, ¿ahora que hizo?’. Después esos diez o doce primeros años de mi vida quedaron sellados prolijamente en una burbuja a un nivel espiritual: claramente visibles pero raros e inaccesibles, hechos de nada. Supe de inmediato que aunque lo que yo había visto no era Londres, Londres de todos modos me esperaba. Supe también cómo encontrarlo.”

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* Michael John Harrison (1945) es uno de los escritores ingleses más originales y sorprendentes de las últimas décadas; un escritor ineludible. Es autor, entre otras, de las novelas “The Committed Men” (1971), The Centauri Device” (1974), Climbers (1989), “El curso del corazón” (1992), “Signs of Life” (1997) y “Luz” (2002), y de los libros de cuentos “El mono de hielo” (1983) y “Preparativos de viaje (2005). Harrison elabora reseñas regularmente para los suplementos literarios de periódicos como Times, The Guardian y el Daily Telegraph. Obtuvo numerosos premios y reconocimientos.                   Este es un fragmento del cuento “Un joven viaja a Londres” perteneciente al libro “La invocación y otras historias”, editado por Edhasa (2015). Si le ha gustado, adquiéralo en su librería amiga.

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Stig Dagerman (Suecia, 1923-1954) escribió este duro cuento a petición de la Asociación Nacional de Seguridad Vial de Suecia, con la finalidad de disminuir la velocidad del tráfico y evitar los accidentes.

 

Matar a un niño

Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo, abrochándose la blusa. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día, en el tercer pueblo, un hombre feliz matará a un niño. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy darán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado del surtidor rojo de gasolina, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira por el visor de una máquina de fotos y ve un pequeño coche azul y, a su lado, a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de gasolina ajusta la tapa del depósito y les asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el coche y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, la muchacha, en el asiento delantero, oye lo que él dice; cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el automóvil se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y goza del brillo y del olor a gasolina y a ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el coche y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que en el primer pueblo el hombre cierra la puerta izquierda del coche y tira del botón de arranque, en el tercer pueblo la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que se ha abrochado la camisa y que se ha atado los cordones de los zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre la hierba. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la leche y las moscas. Sólo falta el azúcar, y la madre ordena a su hijo que corra a casa de los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, el padre le grita que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán hasta tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan ocho minutos de vida y que el bote permanecerá allí en donde está, todo el día y muchos otros días. No está lejos la casa de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño coche azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en la cocina con las tazas de café levantadas y observan al coche venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla el verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El coche se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los suaves botes del coche, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar con el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?

Después, todo es demasiado tarde. Después, hay un coche azul cruzado en el camino, y una mujer que grita, retira la mano de la boca y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beberse el café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.

Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e, igualmente, cura muy mal la congoja del hombre feliz, que lo mató..

Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue culpa suya. Pero sabe que esto es mentira, y en los sueños de muchas noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para “hacer este solo minuto diferente”.

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

 

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Éste cuento está incluido en dos colecciones póstumas de Stig Dagerman: Vårt behov av tröst (1955 –Nuestra necesidad de consuelo) y Dikter, noveller, prosafragment (1981 –Poemas, novelas y fragmentos de prosa)

A partir de 1996, y en honor a su memoria, la Sociedad Stig Dagerman entrega anualmente el premio de su nombre al escritor en cuya obra reconoce la importancia de la libertad de la palabra mediante la promoción de la comprensión intercultural. Algunos de los autores premiados han sido John Hron, Yasar Kemal, Ahmad Shamlou, Elise Johansson, Elfriede Jelinek, Göran Palm, Sigrid Kahle, J.M.G. Le Clézio y Eduardo Galeano.

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Eliseo Diego *

DE JACQUES

Llueve en finísimas flechas aceradas sobre el mar agonizante de plomo, cuyo enorme pecho apenas alienta. La proa pesada lo corta con dificultad. En el extremo silencioso se le escucha rasgarlo. Jacques, el corsario, está a la proa. Un parche mugriento cubre el ojo hueco. Inmóvil como una figura de proa sueña la adivinanza trágica de la lluvia. Oscuros galeones navegando ríos ocres. Joyas cavadas espesamente de lianas. Jacques quiere darse vuelta para gritar una orden, pero siente de pronto que la cubierta se estremece, que la quilla cruje, que el barco se encora como si encallase. Un monstruo, no, una mano gigantesca alcanza el barco chorreando. Jacques, inmóvil, observa los negros vellos gruesos como cables. “¿Este?”. “Sí, ese” –dice el niño, y envuelven al barco y a Jacques en un papel que la fina llovizna de afuera cubre de densas manchas húmedas. El agua chorrea en la vidriera, y adentro de la tienda la penumbra cierra el espacio vacío con su helado silencio.

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* Eliseo Diego (1920-1994) fue un poeta y ensayista cubano nacido en La Habana. Nacido Eliseo de Jesús de Diego y Fernández-Cuervo, fue hijo del asturiano Constante de Diego González. En 1986 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra; en 1988 y 1989, el Premio de la Crítica y en 1993 el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.
Obra poética: «En la Calzada de Jesús del Monte» 1949, «Por los extraños pueblos» 1958, «El oscuro esplendor» 1966,
«Libro de las maravillas de Boloña» 1967, «Versiones» 1970, «Los días de tu vida» 1977, «A través de mi espejo» 1981, «Inventario de asombros» 1982, «Veintiséis poemas recientes» 1986, «Soñar despierto» 1988, «Cuatro de Oros» 1990, «En otro reino frágil» 1999, «Aquí he vivido» 2000 y «Poemas al margen» en el año 2000.