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Manuel Rivas*

SOMOS LO QUE SOÑAMOS SER

Somos lo que soñamos ser
Y ese sueño, no es tanto una meta
Como una energía
Cada día es una crisálida

Cada día alumbra una metamorfosis
Caemos, nos levantamos
Cada día la vida empieza de nuevo
La vida es un acto de resistencia y de reexistencia
Vivimos, revivimos
Pero todos esos tienen la memoria

Somos lo que recordamos
La memoria es nuestro hogar nómada
Como las plantas o las aves emigrantes
Los recuerdos tienen la estrategia de la luz
Van hacia delante
A la manera del remero que se desplaza de espaldas para ver mejor
Hay un dolor parecido al dolor de muelas
A la pérdida física
Y es perder algún recuerdo que queremos
Esas fotos imprescindibles en el álbum de la vida
Por eso hay una clase de melancolía que no atrapa
Sino que nutre la libertad
En esa melancolía como espuma en las olas
Se alzan los sueños.

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* Manuel Rivas Barrós (1957, La Coruña), es un escritor, poeta, ensayista y periodista gallego que escribre mayormente en gallego. Sus trabajos poéticos están recogidos en la antología El pueblo de la noche, Do descoñecido ao descoñecido y Mohicania revisada. Su libro de cuentos ¿Que me queres, amor? (¿Qué me quieres, amor?) (1996) incluye el relato A lingua das bolboretas (La lengua de las mariposas), en el que se basó la película homónima. Su obra se completa con los libros de relatos Ela, maldita alma (Ella, maldita alma) (1999), La mano del emigrante (2001), y Las llamadas perdidas (2002). Además es autor de tres novelas cortas. En 2009 es elegido miembro de la Real Academia Gallega. En la actualidad escribe en el diario El País.

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Imagen: Mamá. Mariana Ruiz

Francisco Rodríguez Criado *

PECHOS

El rostro de la mujer, que no cumplía ya los cincuenta, moldeó una sonrisa amiga en cuanto hice acto de presencia. Eso fue lo primero que encontré después de tanta oscuridad: la caricia de una sonrisa que insinuaba: “Llevo años esperándote”. Para no malograr sus sueños, me enamoré locamente de ella. Diré la verdad: no era atractiva. Tenía un peinado algo anticuado. Nada de Coco Chanel o salones de belleza. Y además era mayor que yo… ¡Pero qué calor habría de emanar su fornido cuerpo! ¡Qué calidez en aquel envase a buen seguro sin utilizar! ¡Qué caudal de deseos sin satisfacer almacenados en los rincones de su alma! Yo (¡sí, yo!) haría de ella mi madre y mi amante al mismo tiempo. Durante unos instantes (toda una vida) retozaríamos por los jardines prohibidos del amor. Sin complejos. ¿Qué importaban la imperfección de sus curvas y mi falta de experiencia en el juego de la seducción? ¡Me lanzaría a su regazo y treparía hasta  hundirme en lo más profundo de aquellas inmensas y esponjosas ubres y, una vez en ellas, construiría una madriguera de la que nadie pudiese rescatarme! Este servidor, tan poco viajado, entendía aquellos brazos como el pasaporte a nuevos y fructíferos territorios sin explorar. Aquello sería un gran banquete pasional. ¡Un banquete lleno de pechos, pechos y nada más que pechos! Un buen comienzo a fin de cuentas, pensé. ¡Pero antes de asaltar el escote de mi querida enfermera habría que esperar a que alguien se dignase cortar el maldito cordón umbilical!

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  • Francisco Rodríguez Criado nació en Cáceres, España (1967) Es autor de cuatro libros de relatos: Sopa de pescado (Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2001), Los Bustamante, una familia del siglo XXI, (Diputación de Badajoz, 2001), Siete minutos(La bolsa de pipas, Palma de Mallorca, 2003) y Un elefante en Harrods (De la Luna Libros, Mérida, 2006). También es autor de la recopilación de articuentos Textamentos (Alcancía, Cáceres, 2005) y de la novela Historias de Ciconia (De la Luna Libros), novela ambientada íntegramente en la ciudad de Cáceres, publicada también en De la Luna Libros, en 2008.
    Algunos de sus cuentos han sido premiados o han resultado finalistas en diversos certámenes literarios. Artículos, poemas y cuentos suyos han visto la luz en revistas y periódicos de España y México. Es colaborador de “El Periódico” de Extremadura, donde mantiene desde diciembre de 2005 la columna semanal de opinión “Textamentos”, cuya versión digital puede visitarse en su blog Ciconia.

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Imagen: Catherina Romanelli. “Mujer con flor sobre nube” Material: papel. Técnica: tinta china, café, acuarela, bolsas de nailon.

Marosa di Giorgio *

EL ALHELÍ DE LA MISA

El peón miró el cielo, el aire verde y celeste de la chacra. Y caminó un poco más. Las flores del pasto, a las veras, y por todas partes, agitaban levísimas, las celestes alas.
El sol había cruzado el punto crítico.
Fue cuando topó a ese ser en medio del sendero. Y medio dormido. No era raro que alguna señora se durmiese. Había visto otras en el pasto, durmiendo.
Cerca se posó un ave; tenía cuatro patas y caminaba como exhibiéndolas. Él tomó una rama y tocó con cautela a la mujer. Le dijo: -Para empezar a hablar, mire, señora, esa paloma de cuatro piernas.
La señora se estremeció abajo de las envolturas verdes. Y se puso de pie con cierta lentitud porque era muy grande y muy maciza; en sus ojos se reflejaba todo el pasto. Llevaba la veste llena de flores y los senos fuera, como se usaba entonces, entre las señoras agrestes en el verano. Él le tocó uno, respetuosamente, como si le diese la mano. Ella le hizo una leve inclinación de cabeza.
Y contó: -Me dormí, no sé… son las flores, el perejil, las granadas, el benjuí.
Y parecía que iba a continuar la cuenta cuando él dijo: -Usted se lamentaba un poco mientras estaba en el sueño. Yo oía y creía que estaba poniendo o pariendo.
Ella se asustó y dijo: -No, no señor, si yo estoy virgen. No, no.
Se lo aclaró como un aviso a muchas cosas inciertas que pudieran venir.
-A veces se pare virgen- repuso él-. O se le podría haber metido algo allá, un rayo de este mismo sol, o un clavel, o un caracol.
Ella exlicó con sinceridad: -Sí. Un día, un caracol…
Pero quedó pálida y no dijo más.
Él esperó. Pero no dijo más.
Por el cielo pasó un biguá avisando que se iba hacia los lagos. Y la sombra del biguá por un segundo los separó. La chacra seguía de pie y esperaba.
-¿Vino a la cosecha de peras, usted? Ya están en sazón; si no las cortan ¿quién las querrá?
Él, debajo del ala, observó más al poderoso cuerpo campestre; parecía armado con mantos, finísimos percales, manteca celeste.
La abrazó de golpe, sin preámbulos, diciendo: -¿Vamos a bailar?
La dio unas vueltas, hubo un paso de tango que vaciló y se deshizo en vals.
El pájaro de cuatro pies los miraba sin interrupción con su cabecilla ladeada hacia los dos. Gritó el biguá.

Él preguntó, sin librarla: -¿Que hace, señora, usted? ¿Es la ama o es la hija? No entiendo su edad. Cuando se adurmió, ¿iba a la laguna? ¿O a buscar peras? Allí hay un peral, ya lo estoy viendo ¿Acaso copuló y no se acuerda? Mire su delantal. Tiene manchitas de sangre de amor, mírese bien.
Ella miró y dijo sencillamente: -No, señor, son frutillas. Pintadas frutillas. Si yo no tengo amor.
Lo observó. ¿Quien era éste? ¡Y que quería? ¿Adónde va? -pensó-. ¿A casa de señora Florinda? ¿Por qué me abraza y me hace bailar?
Miró hacia aquella casa -de señora Florinda- que se veía a lo lejos, llena de máculas y quizá de que objetos; tal vez, palanganas con sangre. Siempre creía así.
Cuando él ya le decía: -¿Donde iba señora? Acaso, a Buenos Aires?
-¿A Buenos Aires?! Pero, señor, ¿Cómo? Yo soy sólo de acá. No hice nada, lo juro. Sólo me adormí.
Él agregó: -Yo vengo de allá.
Sacó un cigarrillo y se lo puso en la boca, pero sin encender. Ella se alarmó ¿Sería un cigarrillo de… Buenos Aires, mi Dios?! (No se animó a preguntarle. Si iba a Florinda, a la que todos iban.)
El ave de cuatro pies dio un salto triste.
Ella murmuró: -Hay muchas flores, hoy, demasiadas. Yo me desmayo.
Pero no se desmayó, quedó en pie, tan maciza y temblando, el vestido y el ruedo con florecillas. Los pezones de un rojo violáceo, crustáceo, casi punzó, como si estuvieran sangrando. De uno cayó una gota, del otro un goterón.
Él estaba fijo bajo el ala. El cigarrillo, acababa de prenderse solo. Un leve humo, un velo, un alma, cruzó entre los dos.
Él le dijo, con voz ya distinta: -Yo ando buscando un alma. Usted, ¿dónde la tiene?
Y la volvió a apresar e hizo, repentinamente, los movimientos sexuales, de los que ella se protegió. Pero creyendo que era otro baile.
Al zafarse, corría un poco y se iba con rumbo a la casa; salía heliotropo de todo lo que había, un nomeolvides violento, de pétalos calientes, le goleó la nariz, otro se le paró en el pecho. Tropezaba con todas las lilas.
Y él detrás.
La volvió a cazar, volvieron a bailar. Él la respiró.
Ella era un mujerón sombrío, vio, lleno de cosas raras, cosas de antes, tendrá un broche de marfil delante de la mirilla íntima, un abanico de ébano, de azabache y granate, que no dejaría ver.
Pero los pezones, como bien se miraba, iban sueltos, para ellos no había protección? Era como si llevase en alto, posadas, dos gallinetas blancas, con sangriento pico. O dos grandes huevos de un gigantesco avestruz.
Le dijo: -Bueno, lechuza seria, es hora de proceder.
La tomó de un brazo.
¿Adónde iban?
¿Para las lagunas como el biguá?
¿A dar leche como vacas?
Él no dejaba de rozarle el pezón. Lo hacía con una ramita, un palillo. No con su mano. Y era peor. Y ella estaba así, siempre descalabrada, cerca de dar un grito o ponerse a rugir. Estaba siempre alerta. Y muy erizada. Todo el pelo se le abullonaba como si hubiese viento y no había.
Pero seguía caminando, seria y callada.
-Olvidé, señora, preguntarle el nombre.
-Alhelí… Alhelí. Así dicen en mi casa que me llamo yo.
-Bien, Alhelí, señora, señora Alhelí, ¿y su edad?
Ella vaciló.
Luego dijo: -Cuarenta… cuarenta. Y estoy sin noviar. Mi madre no lo permitiría. A veces bordo un pañuelo, hiervo una pera hasta que se queda roja, o… me duermo en el suelo, me duermo… de día.
Y quedó con la boca entreabierta.
El alma de la doncella se le escapaba por la boca como una cinta celeste y a veces negra, que salía y salía.
Él tiraba, tiraba, y se la empezó a comer.
Tiraba y se la comía.
Hasta que ella se puso muy tenuemente, pero muy tenuemente, a dar un gemido, a gemir y gemir, y luego a gemir y gritar. A gemir y gritar.
Estaban bajo el tremendo bosque de las peras cuando él dio un tirón supremo.
Y le comió todo el alma.

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* Marosa di Giogio (1932-2004) es una poetisa uruguaya (Salto) que se aventuró con la prosa erótica y la novela. Son dos los mecanismos a analizar en la obra de Marosa di Giorgio. Por un lado, el atentado verbal que opera sobre el lenguaje a través de la des-estructuración sintáctica y semántica y la recurrencia a un onirismo codificado; por otro, el cuestionamiento ideológico de categorías de control de la identidad y canalización del deseo. En su obra, un canto a la naturaleza y a sus mutaciones, la mitología es una constante. Es una de las voces poéticas más singulares de Latinoamérica. En sus recitales poéticos demostraba una capacidad interpretativa sui géneris, en la que se entremezclaban emociones como el miedo, la sorpresa, el desasosiego y el deseo, siempre con una voz trémula y delicada. Recibió numerosos premios, ha sido traducida al inglés, francés, portugués e italiano.

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Imagen: gallito antiguo de hojalata a cuerda alemán

Frank Abel Dopico *

Crecieron los enanos que huían de las flores.
Creció un arbusto seco tan alto que sostuvo el peso de los cielos.
Creció Yudith aunque sigue escuchando a las hormigas.
Creció el perro blanco a pesar de las piedras y los palos.
Creció el brazo derecho a pesar del brazo izquierdo y a pesar de los escalofríos y las playas.
Creció la tormenta. Sin lluvia.
Crecieron los mapas y los diccionarios a pesar de las barricadas del reloj.
Creció el príncipe pero no tiene el reinado prometido.
Creció la puesta del sol. Con algunos errores, eso sí.
Crecieron las muchachas de mi barrio, una a una, seno y aire.
Los muchachos también, de pronto, frente a la antigua bodega y con permiso de los padres.
Creció mi primer amor y mi segundo amor, el tercero y así hasta el infinito.
Fulano se hizo grande, no recuerdo su nombre, pero un día me golpeó sobre los ojos.
Creció mi país y salió de viaje por el mundo, como en las aventuras.
Creció el cuchillo del hombre que vendía atardeceres.
Creció la añoranza y ya no le sirven los vestidos.
A José, el mudo, no le hizo falta crecer porque cambió el crecer por su jardín de rosas.
Alguien, lejanamente, hace crecer sus sueños pintándole los labios.
Crecieron los piratas, ahora el mar les parece más pequeño, los tesoros abundan.
Creció la primavera, alta, pensante, con las uñas postizas.
Únicamente los juguetes conservan su estatura.

* Frank Abel Dopico (Villa Clara, Cuba, 1964) Poeta, actor y director de teatro. Ha publicado siete libros de poesía: “El correo de la noche” (1989), Premio David´88 y Premio de la Crítica, “Algunas elegías por Huck Finn” (1989), “Expediente del asesino” (1991), “Las islas del aire (1999)” y “El país de los caballos ciegos (2005)”. “Contrarcardia (2006)” se mantiene inédito. Reside en España.